Sobre la fortaleza del peso

Es una pregunta recurrente en las conversaciones que tengo con inversionistas y algunos colegas: ¿por qué si la economía no crece, existe una fortaleza sorprendente del peso?, ¿por qué la sensación de un estado crítico no se traduce en una devaluación? Hay explicaciones. Déjeme le planteo la principal, tal vez pueda usted también llegar a la conclusión de que una devaluación progresiva luce difícil en la coyuntura actual.

En la veintena trágica entre 1970 y 1990, los malos momentos de la economía provocados por la indisciplina fiscal, el excesivo endeudamiento, la escasa productividad, etc., se plasmaban en un fuerte ajuste de la inflación al alza. De sobra está decirle que en las distintas fases críticas en ese periodo se tuvieron tasas de inflación de dos y hasta tres dígitos en términos anuales. La hiperinflación era la norma.

Durante los años 90 se generó un cambio estructural en el diseño de la economía. Pasamos de ser una economía cerrada que sólo exportaba petróleo a ser una economía abierta, esencialmente exportadora de manufacturas, gracias a la firma del Acuerdo de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá.

Al mismo tiempo se instituyó al Banco de México como entidad autónoma con un mandato preciso de evitar nuevos periodos de elevada inflación. Por último, se trabajó en establecer un sistema de tipo de cambio flexible y en acumular tanto reservas internacionales suficientes como un ahorro interno sólido.

Este diseño, que los partidarios de la Cuarta Transformación dicen que fue un fracaso, tal vez lo fue para no evitar el avance de la inseguridad, la elevadísima corrupción y la desigualdad; pero funcionó de manera eficaz para que los ajustes ante situaciones adversas tanto externas como internas no se tradujeran en una mayor inflación, con un costo a cambio por el lado del crecimiento.

La flexibilidad es la clave. Ante una caída de las exportaciones, la reacción inmediata es un ajuste del nivel de importaciones, un aumento de las tasas de interés y por lo mismo una contracción de las obligaciones con el exterior. En esos momentos adversos, las cuentas externas no presentan un déficit mayor y las mayores tasas de interés impiden tanto una volatilidad excesiva del tipo de cambio como un avance de la inflación.

Eso es lo que ha sucedido en los últimos 20 años. En la crisis financiera del 2008–2009, por ejemplo, se gestó una recesión en el mundo desarrollado y un ajuste que en México nos llevó a una tasa negativa de crecimiento de 5.3%; sin embargo, la nivelación se concentró en un alza del tipo de cambio (de 10.50 a 12.80 pesos) y una elevación de las tasas (de 7.5 a 8.25%), la inflación subió sólo a un máximo de 6.5% en el 2009, pero en el 2010 descendió a 3.5% y tanto el tipo de cambio como las tasas retrocedieron en dicho año.

Dicha mecánica continúa en funciones. Desde el primer trimestre del 2018, el tema de la guerra comercial generó un entorno adverso para nuestra economía que se acentuó con las acciones del nuevo gobierno (recorte de gastos, cancelación de obras, etc.); sin embargo, el ajuste no se muestra en el tipo de cambio que desde ese entonces oscila sobre una media de 19.13 pesos, tampoco en una inflación descontrolada al alza, después del efecto del gasolinazo, la inflación ha vuelto a converger al objetivo de 3 por ciento.

Entonces, ¿dónde está el ajuste? En las tasas y en el crecimiento. Durante todo el 2018 y lo que va del 2019, el Banco de México elevó las tasas de interés y se contuvo para reducirlas hasta hace pocos meses; aun así, seguimos con una tasa de interés sumamente alta con relación a las tasas que hay en el exterior.

También las cuentas externas se ajustaron. La tasa de crecimiento anual de las exportaciones ha descendido de un nivel de dos dígitos a sólo 2.2% en el mes de agosto; por su parte, las importaciones se contraen en agosto a una tasa anual de 5.9 por ciento.

En este último renglón el ajuste en la importación de bienes de capital es de -14% contra agosto del año pasado y en los bienes de consumo de -11.9 por ciento.

En los últimos seis meses el promedio en todas las tasas de crecimiento de todos los rubros en las cuentas externas es negativo.

En conclusión, al ajustar por el lado de las cuentas externas y del crecimiento la economía no necesita dólares para financiar un déficit de cuenta corriente creciente. Asimismo, mantiene inalterada la estructura de reservas y de inversión extranjera de cartera gracias a las jugosas tasas de interés que paga.

Hasta el momento, el gobierno ha mantenido el esquema: respeta las decisiones del banco central y no genera mayor endeudamiento; más aún, se ha enfocado en reducir el peligro de una baja de calificación. Por eso lo que vemos es una economía cuyo crecimiento trimestral promedio desde hace seis trimestres es en términos prácticos de cero, pero vemos a la inflación estable y a la baja, así como al tipo de cambio sin alterarse.

El gran reto es generar crecimiento sin alterar el mecanismo de ajuste; ello requiere un entorno más favorable en el crecimiento en el exterior (principalmente el sector industrial norteamericano), una reactivación de la inversión pública y la recuperación de la confianza por parte de la inversión privada.

Si usted piensa que esas condiciones no se van a presentar, entonces no lo traduzca en una devaluación obvia o en una inflación desbocada, si lo hace quizás siga sorprendido por su ausencia. Considere mejor la prolongación del estancamiento y la tentación de romper el esquema de ajuste. Ahí está el auténtico riesgo.

perspectivas@invex.com

Esta columna se publica semanalmente en el periódico El Economista, en versión impresa y online.

https://www.eleconomista.com.mx/opinion/Sobre-la-fortaleza-del-peso-20191030-0091.html

Rodolfo Campuzano
Director de Estrategia y Gestión de Portafolios | INVEX Banco