El problema de la poscrisis

Los editoriales especializados en todo el mundo se han dado a la tarea de comentar, a 10 años de la quiebra de Lehman Brothers, sobre sus posibles causas y culpables, así como la manera de evitar que suceda de nuevo un colapso de tal magnitud. Obviamente, hay citas constantes a la regulación del sector financiero y a las lecciones para los inversionistas.

Lamentablemente, no hay nadie que pueda declarar que la etapa poscrisis sea cosa del pasado. Muchas consecuencias de un evento tan disruptivo siguen presentes y con capacidad de generar muchos dolores de cabeza en el futuro.

Olvídese de intentar entender la capacidad multiplicadora de los créditos subprime o de los instrumentos ligados a carteras de hipotecas. No piense en la explosión de derivados y la insuficiencia de sus emisoras. Confórmese con saber que, durante los primeros años de este siglo, muchos agentes financieros y particulares incurrieron en un endeudamiento que no supieron dimensionar debido a este tipo de figuras.

Cualquier crisis que se origina en un exceso de endeudamiento repercute en todo el sistema. Un agente no puede pagar e inmediatamente el intermediario financiero que le prestó tiene que descontar el monto de dicho crédito del valor de sus activos. Si este evento se multiplica, el valor de los activos de las entidades financieras se reduce y hace que dichas entidades sean insolventes para cumplir con sus pasivos, principalmente sus depositantes.

Cuando el problema es masivo e implica a todos los participantes, el colapso hace necesaria una fuerte purga, misma que impondría una fuerte depresión por varios años, tal y como sucedió en los años 30 del siglo pasado.

A sabiendas de que algo así no debía suceder los gobiernos intervinieron. ¿Cómo? Tramitando la toma de varios bancos por parte de aquellos que mostraban más salud, aportando recursos para apuntalar los balances de muchos otros, absorbiendo instituciones semipúblicas de financiamiento y al final comprando la deuda de contrapartes que no podían cumplir con sus obligaciones.

Los gobiernos pudieron hacer lo anterior endeudándose. Ése es tal vez el legado más temible de la etapa posterior a la crisis y no está resuelto.

La postura de relajación de los principales bancos centrales, liderados por la Reserva Federal de Estados Unidos, consistió en reducir al mínimo el costo del dinero e imprimir una gran cantidad del mismo para recomprar bonos emitidos por los gobiernos, castigar al ahorrador pasivo y promover la toma de riesgos. Los bancos centrales, en efecto, financiaron a muchos gobiernos a través de la emisión de dinero. Este fenómeno tuvo como consecuencia el incremento de la deuda global a casi 250 billones de dólares (en español, 12 ceros).

Para que se dé una idea, la deuda global total subió de 173 billones de dólares en el 2008 a 250 billones en estos 10 años. Si bien los hogares en Estados Unidos y las entidades financieras han corregido su situación, el endeudamiento de los gobiernos aumentó de 37 billones en el 2008 a 67 billones en la actualidad. La deuda es mayor también como porcentaje del PIB, los gobiernos de Estados Unidos, Reino Unido, Japón, Francia y China, superan 100% de su Producto Interno Bruto.

En el sector corporativo privado, también la deuda aumentó significativamente, más para apoyar programas de recompra de acciones que para inyectar recursos a actividades productivas. Por último, el mundo emergente duplicó su deuda gracias al bajo costo de financiamiento y, en especial, China aumentó su endeudamiento de 7 a 40 billones de dólares en el periodo.

Entonces, a quien argumente que por haber reducido los niveles de desempleo o por ubicar los índices de bolsa en máximos históricos el rescate ha sido exitoso, habrá que mencionarle que esto se logró con base en un elevado endeudamiento. La crisis de deuda en el sector financiero se solucionó con más deuda.

Por lo anterior, hay que asumir que no está terminado el experimento. Falta ver si los bancos centrales y los gobiernos son capaces de revertir la gran cantidad de dinero inyectada y la enorme deuda estatal.

Ello requiere medidas de austeridad o mayores impuestos, algo que, en un contexto de desigualdad y envejecimiento de la población, suena a una medicina inaguantable. Este panorama me hace pensar que la distorsión (tasas bajas/elevado endeudamiento) podría permanecer en el tablero por un tiempo mucho mayor a una década.

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Esta columna se publica semanalmente en el periódico El Economista, en versión impresa y online.

https://www.eleconomista.com.mx/opinion/El-problema-de-la-poscrisis-20180919-0101.html

Rodolfo Campuzano
Director de Estrategia y Gestión de Portafolios | INVEX Banco